Por: Ramón Alonso Dugarte.
A los
deseos por un mundo mejor comúnmente se les nombra Utopía; palabra de origen
griego cuyo neologismo lo introduce el inglés Tomás Moro en el año 1516 con su
obra Utopía. Desde esta época
renacentista se han generado cuantiosas discusiones ocupando un radio de
expansión bastante amplio en diferentes campos del saber en cuanto al cómo se
debe entender en sus contenidos. La discusión ha venido marchando sobre las
líneas de si es posible interpretarse
como “lugar feliz” o “ningún lugar”. No obstante, Aldo Maffey en su artículo titulado Utopía, para el Diccionario de Política
dirigido por Norberto Bobbio y compañía, deja ver la polémica ya superada.
Ahora el contenido “lugar feliz” es el aceptado, aún así tendemos a pensar que
en la actualidad persiste la confusión, siendo la Utopía asumida por unos
como “ningún lugar” y por otros “lugar feliz”.[i]
Por
presentar esta discusión resultados tan ambiguos, al abordar la Utopía para adoptarla como
objeto de estudio, nos encontramos con más dificultades de las pensadas en
principio, en primer lugar debido a los dos contenidos abarcados por el término (“ningún lugar y lugar feliz”) y
en segundo lugar a las acepciones originadas de la interpretación que brindan
diferentes ramas del conocimiento, entre ellas: la literaria, la filosófica, la
sociológica y la política.
En cuanto a la acepción de Utopía
desde el punto de vista político, vemos en ella el apego a la dinámica en sí de
las sociedades humanas al respecto de su modo de organización jurídica en el
plano geopolítico. La Utopía
expresada por la mujer o el hombre ocupa una disconformidad conducente al
desacople del modelo de gobierno, de forma tal que cobra vida con proyecciones
ilimitadas desde el presente hacia el futuro, además puede llegar a enajenarse
parcialmente de los mismos procedimientos del Estado y de la dinámica fluida en
torno a él, por ende comienza a diseñarse a través del pensamiento un
planteamiento alternativo, al mismo tiempo que se trabaja en la búsqueda y
creación de esa alternativa pensada e imaginada para suprimir la realidad
tomada en desacuerdo. Tenemos entonces dos características claves de la Utopía política: 1) la
disconformidad con el presente y 2) el planteamiento alternativo y la búsqueda
de su materialidad. Por eso compartimos lo dicho por Aldo Maffey
acerca de las Utopías políticas “... el
mejor de los mundos no es solamente pensable, sino también posible e incluso
inevitable, porque la misma fuerza de las cosas nos llevan hacia él”[ii]
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La
Utopía cobra forma de diferentes maneras, siendo impulsada no
solamente por lo ideal sino también por lo material. En la narración de mundos
inexistentes apegados a dinámicas armoniosas, saludables, equitativas y
justicieras se puede apreciar. Por las particularidades que presentan estos
tipos de narraciones le podemos nombrar Utopías explícitas, sujetas a la
valoración y etiquetadas “como imposibles de realizar”, entre ellas tenemos las
obras: Utopía (1516) de Tomás Moro, Ciudad del Sol (1602) de Tomaso
Campanella y la de Francis Bacon Nueva
Atlántida (1627). Las cuales comparten rasgos comunes como afirma Martín
Hopenhayn en su trabajo titulado: Utopías
del Renacimiento: Moro, Campanella y Bacon.[iii] Entre esos rasgos tenemos entre
otros: la existencia de un hablante imaginario, la Utopía como lugar remoto,
la referencia normativa y perspectiva crítica, además de estar el orden utópico
contra el orden del príncipe.
Pero qué hay de las Utopías
implícitas, aquellas no consideradas ni mostradas como Utopías, quizá por
concebirse tan apegados a la realidad los hechos que proyectan. Por decirlo de
algún modo: están tan acorazadas por un conjunto de elementos no fáciles de
reconocer y por ello tienden a nombrarseles de otra manera considerada no
ilusoria, al obviar lo utópico en el trasfondo de los acontecimientos, ejemplo
de ello las ciencias.
A nuestro juicio hubo y hay muchas
Utopías planteadas por pensadores Renacentistas, hoy día bastante nombrados, y al paso del tiempo
muchas de estas Utopías han dejado de serlo. Es decir, se han convertido en
realidad verificable, tal lo ilustra el caso del físico y
astrónomo italiano Galileo
Galilei, de los siglos XVI y XVII, quien revolucionó la observación del
universo; en cuanto la gente creyó y luego entendió a la tierra no como el
centro del universo ni al sol girando en torno a ella. Asunto que hasta el
momento se entiende pudo ser una gran Utopía por lo sacrílego y blasfemo de esa
afirmación ante la Iglesia
Católica. Al comprobarse y entenderse lo dicho por Galilei
dejaba de ser Utopía renacentista e incluso medieval la antigua forma
rechazada de ver al universo. Ello es una muestra de la fuerza cobrada por la ciencia, al punto de afirmar Eugenio Ímaz
en el estudio preliminar de su obra Utopías del Renacimiento “...
resulta utópico lo que, para la ciencia del día, no es científico”.[iv]
La afirmación: “los humanos se deben a una época”, es algo convencional, no
obstante, la afirmación: “existen hombres adelantados a su
tiempo”, puede ser utilizada para hacer referencia a los
muchos planteamientos no aceptados en su época, empero, sí luego de numerosas
futuras generaciones, aceptados como posibles o
realizables en el grueso de la masa social o incluso en la comunidad científica
mucho tiempo después, lo cual les permite cobrar un carácter real y de
“inmediata” aplicación que desplaza al
utópico. Para observar un poco más de estos casos como lo es el de Galilei
mencionado previamente, podemos revisar a la época europea denominada: Renacentista.
El ser humano en su condición de
invidente en relación con lo que vendrá, resulta tajante al negar la concreción de un proyecto a futuro por obedecer sus características en el
presente a toda una descontextualización. Lo llega a entender como inaplicable
partiendo de las condiciones del grupo humano en el presente y ahora en que se
sepa a sí mismo pertenecer. Ahora bien, el ser humano tan sólo ofrece
posibilidades en torno al futuro más no aciertos, puede planificar y hasta
asegurar la realización o no de lo planeado, no obstante, está sujeto al
contexto interventor en él, o “destino” como algunos suelen llamarle.
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Por ello el ser utópico parece
obedecer al acerbo cultural en el cual tiene cabida y no a la propia naturaleza
humana en sí –aunque se sostenga en ella–, pues tanto los convencionalismos que
albergan anhelos de bienestar como rechazo en cuanto a modos de vida, se
encuentran atados indisolublemente a un contexto histórico socio-cultural, la
naturaleza humana se presenta, entonces, como un dispositivo apto que sólo está
ahí, quien a través de la voluntad, condicionada en todo momento por el
contexto, expresa a su vez deseos condicionados bien sea para ofrecer el
rechazo o aceptación al condicionante socio–cultural en momentos determinados e
indeterminados, esto conduce al encuentro abrupto entre la voluntad y el
convencionalismo, por ende, apareciendo la Utopía.
NOTAS:
[i] Aldo Maffey,
“Utopía”. En: BOBBIO, Norberto y otros. Diccionario
de Política. Siglo Ventiuno Editores, Buenos Aires, 1981. p.1618.
[ii] Ibídem, p. 1619.
[iii] Martín Hopenhayn, “Utopías del
Renacimiento: Moro, Campanella y Bacon”. Estudios
Públicos, N°39, 1990, pp.301-334. (Recuperado de: http://www.cepchile.cl)
[iv] Ímaz, Eugenio,
Estudio preliminar. Utopías del
Renacimiento. (Tomás Moro: Utopía. Tomaso Campanilla: La Ciudad del Sol. Francis
Bacon: Nueva Atlántida). Fondo de Cultura Económica, México, 1966, p. 8.



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